DCCCLVI Verbum – Sal
El café estaba casi vacío, igual que la ciudad. Era casi una tradición, una práctica respetada como ley; todos tienen que salir, todos tienen que disfrutar a sus familias, todos tienen que pensar en cualquier cosa, menos en estar acá.
Las luces estaban apagadas, el atardecer de verano era suficiente para la pareja cuarentona que compartían un trago preparado en una esquina, ella con una polera dos tallas menor, él con la camisa rosada abierta hasta el plexo solar. No era el primer trago que compartían en la tarde, y no parece fueran a parar pronto. “Bien por la mesera”, pensaba Salvador, mientras encendía un cigarro y aspiraba el humo con calma, deteniendo su historia. Al frente de él, su amigo del alma, lo miraba extrañado.
- Pero a ver, Sal, parte del principio. – Dijo confundido.
- Como escuchaste, me voy por ella.
- ¿Tú? ¿Dejar todo por una mina?
- No seas pendejo, Roberto, sabes que no es dejarlo todo. Allá voy a tener las mismas posibilidades que acá, profesionalmente hablando. Claro, dejo a la familia, pero vamos, que la familia me dejó hace tiempo – inhala del cigarro -. Cuando el viejo dejó a la vieja, tú lo sabes, nos conocemos desde que veíamos los Power Rangers.
- Y porque te conozco sé que todas esas huevas te importan poco. Tú te vas por una mina, esa fue la primera razón que me diste.
- Sí, entendiste. No sé para qué preguntas y te haces el huevón.
- Porque no me has dicho nada de ella, lo único que sé es que la conociste hace un par de meses…
- Un mes.
- Dios santo, un mes… Bueno, un mes, y que es de allá, Finlandia.
- Noruega.
- Lo que sea, Sal, sabes que no he salido de este país de mierda.
- Así es amigo, me sorprende que no te hayas vuelto un huaso de mierda – dice, levantando el schop de cerveza.
- Bueno, ¿Qué tiene ella que te hace volver?
- Además del par de tetas, ¿dices?
- Y me tratas a mí de pendejo. Déjate de sacártelas y cuenta.
Salvador inhala largamente en el cigarro. Mira al local. Solitario, como le gustan. Cruza mirada con la mesera. “Es guapa, de eso no hay dudas”, piensa “pero la otra chica también lo es, y un poco más”. Le sonríe, bota el humo y toma un sorbo de cerveza.
- A ver… En pocas palabras, no es una mina, es la mina. ¿Entiendes?
- No, no entiendo, pensé que a penas las conocías. Que la habías visto un par de veces en carretes, que apenas habías hablado con ella antes de lo que pasó.
- Di las cosas con su nombre, huevón. Desde que culiamos.
- Sal, ándate a la puta. Sabes que no me gusta hablar así.
- Lo sé, y sólo conmigo lanzas puteadas.
- Tú también me conoces… pendejo de mierda – dice, riendo. Salvador también ríe y mira a su amigo. Hace años que no lo ve, y todo sigue como siempre. “Un poco más canuto, lamentablemente, pero sigue siendo un buen cabro”. Piensa en todo lo que han pasado juntos, y de que sí, se entienden sin palabras, pero que siempre ha sido política de la amistad que cuando van a ese bar, se cuentan las cosas con lujo de detalle.
- Bueno, sí, la conozco poco, por no decir nada, pero hay cosas que sólo se sienten bien, ¿Cachai? No estoy hablando de un tema de placer o siquiera de bienestar. No, es de pertenencia, de que es algo que debería ser. No es fácil de explicarlo, porque no es algo que sepa con certeza, sino algo que se siente. Cuando me abrazaba, allí, en su pieza, lo único que podía pensar es “this feels right”, “this is the right thing”; “esto se siente apropiado”, “esto es lo que debe ser”.
- Vaya, realmente te tocó.
- Un poco, sí. ¿Y sabes? Probablemente ella ni siquiera lo sabe. Ni siquiera lo sospecha. Probablemente para ella fue otra de esas noches, nada más. Pero me he aferrado a la idea de que no es así, de que si yo lo sentí, ella también. Y de que si me encuentro con ella de nuevo, voy a poder hacer que se sienta apropiado, de que sea lo que debe ser.
- Me das risa, amigo. Cuando hablas en serio, no puteas.
- Me das pena, amigo. Sólo cuando te molestas puteas.
- Bueno, ¿Y? Cuál es tú plan.
- Ni idea. Volver a Europa, creo. Y ver qué pasa.
- A tus viajes, entonces, Sal. Que la persecución de tu amor perdido te lleve a buenos mares.
- Eres un pendejo. Pero tienes razón. ¿Sabes? Puede que sea una pura huevada, puede que me lo esté imaginando nada más. Pero si es real, voy a ser capaz de decir “crucé océanos para estar con ella”, y eso es importante para mí. Las veces que más he querido ha sido cuando más he dejado. He llegado a creer que es al revés: que cuando más he dejado, más he querido.
Alicia recuerda a Javier
Cuando Javier golpeó la puerta de mi casa, eran cerca de las tres de la mañana. Yo dormía. Sola. Por suerte. No me habría gustado que nadie lo viera en ese estado. Si te dijera que estaba borracho, no estaría dándote la imagen mental adecuada. Estaba completamente destrozado. Olía alcohol, sus jeans tenían restos de vómito (luego me explicó que no era suyo, lo cual, honestamente, no fue muy tranquilizador) y su camisa manchas de lo que espero que haya sido vino, porque si no, era sangre.
Golpeaba la puerta como un animal, imagino que más de algún vecino estuvo a punto de llamar a la policía. Por suerte le abrí antes que lo hicieran. Lo quieren, saben que es un buen chico, pero no importa cuán bueno seas, puedes ser un hijo de puta como todos los seres humanos.
“Alicia” fue lo único que me dijo antes de que se le cortara la voz. Había estado llorando. Me di cuenta porque tenía esas pintillas rojas que le salen debajo de los ojos.
Lo tomé del brazo y lo hice pasar. No sabes la pena que me dio verlo así, te prometo, creo que nunca había querido abrazarlo tanto antes. Pero no lo hice. No soy su madre, ¿sabes?
¿Te molesta si fumo? Se supone que dejé el cigarrillo, pero uno nunca lo deja. Bueno, el asunto es que Javier fue a verme a nuestro viejo departamento en Barcelona. No te digo que no fue sorpresa, habían pasado ya seis meses de la última vez que hablase con él. Eso fue lo primero que le dije cuando logré que se sentara. “Pensé que no querías verme” respondió con una mueca de una sonrisa, y aguantando las lágrimas. “Pues es un poco así” le dije.
“¿Por qué has venido?”, pregunté, “Porque necesito hablar contigo”, respondió. No te voy a aburrir con cada palabra, pero digamos que realmente necesitaba conversar. España puede ser un poco dura si estás sólo. Y Javier lo estaba. Era un momento duro, y estaba desquitándose conmigo. No me insultaba, no me gritaba, pero no estábamos conversando, era él hablando y yo escuchando.
Hasta que le dije “¿Sabes, Javier? Te quiero, pero ahora sé por qué todas te dejan”.
Me miró como una persona distinta, y por un minuto no dijo nada. Nadie dijo nada. No lloró. Creo que no le dolió, pero le abrió los ojos.
Y se calmó, y empezamos a conversar. Me explicó por qué se alejó de mí. Aunque ya lo sabía. No todo, pero durante seis meses tienes tiempo suficiente para darte cuenta de lo que pasaba. Me dijo lo arrepentido que estaba de cómo habían ocurrido las cosas, de que yo no me merecía ser tratada así. Me contó lo confundido que había estado, y de cómo habían sido el tiempo desde que se alejó de mí.
Y fue una conversación humana. Creo que fue la única vez en que vi a Javier tal y como es, sin esa herida que nunca cierra y que tiene nombre de mujer. Me mostró su libreta, aquella que escribía el día que nos conocimos. Y yo pude mostrarle la mía, la que comencé luego de descubrir el cuento que escribió sobre mí.
No todos los recuerdos de nuestros cuadernos eran buenos. La mayoría eran frases de cosas que nunca nos pudimos decir. “Eres como un vidrio roto: cada vez que te trato de levantar y arreglarte, termino herido”, me leyó. “Aunque pretendo que todo está bien y que soy feliz contigo, no estoy bien. Estoy cansada de estar triste. ¿En serio es tan difícil enamorarse de mí?” le respondí. Hablamos toda la noche. Leímos los viejos cuentos. Y sí, nos abrazamos. Pero nada más.
Me preguntó si estaba viendo a alguien. “Sí”.
Me preguntó si estaba aquí conmigo. “No, fue a ver a su familia a Irlanda”.
“¿Irlandés?” Dijo y rió. “¿Cuál es su nombre?” Jon, le respondí.
Hablamos de Jon, y de cómo las cosas habían cambiado. De que no quería a volver como antes, que no cambiaría nada de lo pasado, pero de que sí le hubiera gustado que todo hubiera sido distinto. Lo entendí completamente.
Lo hice dormir en el sillón. Cuando desperté ya no estaba. Me dejó una hoja de su libreta con un “te amo” escrito. No era romántico, estoy segura, sólo era amor.
Aunque, no sé si por casualidad o simplemente para joder, se llevó el CD favorito de Jon. Ahora, cada vez que me pregunta dónde está su recopilatorio de Dubliners, sonrío y le digo “no tengo idea… Ese disco se ha ido de nuestras vidas, para siempre”
DCDIIL Words – Suddhar
Please note, English is not my mother tongue, so my writing is way worst than in Spanish, but I have to practice, right?
- Have you ever been naked down the stars before? – She asks me while she unzips her skirt.
- No… Not really… – I answer, nervous, shaking and not because I’m cold. It’s never cold in a spring night in Karnataka. I shake out of excitement – Well… Maybe when I was a small kid, a child… Maybe then…
She throws her skirt at my face and interrupts my mumbling.
- That was a rhetorical question, buddhu! – She says with a small giggle -. My dear, Suddhar! You weren’t supposed to answer, but rather to follow me in this…
She starts unbutton her shirt, I shut up and do the same. The night is beautiful, at least I’m quite sure it is. I mean, it would be a beautiful night even if she wasn’t taking off her clothes. The moon is full and shines over her back. When she stands stills I can see the moonlit illuminating her black and silky hair, like a crown or halo.
- You know? When I was a little girl, I was convinced that if my body wasn’t fully covered after the nightfall I was going to die.
She says this turning slowly, looking at the city lights that shine far away from us. She lets her shirt fall back, the dark skin of her shoulders are uncovered and shining with the reflection of moonlight.
- Don’t laugh! It wasn’t that I was specially conservative or something like that – She starts moving slowly, swinging, almost dancing. I couldn’t laugh even if I wanted to -. It was my mother’s fault. Apparently I was once bitten by a mosquito and suffered an almost incredible severe allergic reaction that kept me in the hospital for a couple of days. I still have the mark, you know? – She turns around and touches her left tight with two fingers -. Of course, you cannot see it right know, but it’s here. After I got better, my mother never let me forget how scared she was and that I should be extremely careful about it.
She turns again and starts to loose her bra. I finish taking my Kurta shirt off and start to work my way out of my Jeans. She stands quiet for a while, and I get the sensation that she is looking for someone out in the city.
- What she didn’t told me was that when the mosquito bite me I was but a week old. Talk about forgetting details. – My jeans are off, now the both of us are only in our underwear-. Anyway, when I was 14 I was bitten by a spider. And nothing happened. I started to question my death sentence. I went out the next day to see the sunset in a hill near our house with my a short sleeved salwaar. Nothing happened. I was bitten for several mosquitoes and nothing happened. I felt the itch and found it so refreshing, so liberating – she starts to scratch her body softly with the tip of her fingers -. I realized that I loved to be with my body uncovered, and spent that whole night sleeping naked on the grass.
She takes off her bra and I take off my socks. She turns around, look at me, blow me a kiss and take off her panties. I’m even shaking more than before.
- Are you cold? – She asks.
- No… I’m just…
She throws the panties at my face and interrupts my mumbling.
- I know you’re not… No one is cold in this city a spring night.
I took off my underwear.
- That’s much better – she says and smile-. Can you see me?
- Barely, it’s too dark.
- No it’s not, I can see you… – She laughs again -. It’s because the moon on my back. I can see your whole body, while you only see a shadow of me.
- I see your Bindi… It shines on your forehead.
- Too bad you cannot see my Mehendi. I made it myself, you know? – She stretches her arm to the moon and takes it back down doing some gently mudras -. I carefully designed it for this night… I carefully designed it for you.
She starts to sing a slow paced lullaby and dances to the tune of her own voice. She is getting closer and closer to me. She grabs my hands and invites me to dance with her. We spin around, and with each turn I can see her body better. The perfume of her hair reaches to my face: a mixture of dragonfruit and sandalwood. She starts to go slowly, her hands starts to climb up my arm until they reach my shoulders and we stop spinning.
For a moment nothing happens.
I hug her, she hugs me back and kisses my neck with her tongue. I hug her stronger. She get her mouth closer to my ear and whispers.
- Don’t forget me when you wake up.
- We are awake. – I reply and caress her back.
- When you wake up, there won’t be a “we”. So you have to remember me so we can be dreamed again.
- What do you mean? We can stay like this forever if we want to.
- You’re my best friend, you know? – She kisses my ear and claws her nails on my back. I let a small moan go out. It hurts, but not as much as her kiss -. I cannot really wait until I see you again, so you better hurry and…–
I wake up in my bed, completely dress and sweating cold.
– Have you ever been naked down the stars before? – She asks me while she unzips her skirt.
– No… Not really… – I answer, nervous, shaking not because of the cold. It’s never cold in a spring night in Karnataka. I shake because I’m excited – Well… Maybe when I was a small kid, a child… Maybe then…
She throws her skirt at my face and interrupts my mumbling.
– That was a rhetorical question, buddhu! – She says with a small giggle -. My dear, Suddhar! You weren’t supposed to answer, but rather to follow me in this…
She starts unbutton her shirt, I shut up and do the same. The night is beautiful, at least I’m pretty sure it is. I mean, it would’ve been a beautiful night even if she wasn’t taking off her clothes. The moon is full and shines over her back. When she stands stills I can see the moonlit illuminating her black and silky hair, like a diamond crown.
– You know? When I was a little girl, I was convinced that if my body wasn’t fully covered after the nightfall I was going to die.
She says this turning slowly, looking at the city lights that shine far away from us. She lets her shirt fall back and her dark brown shoulders are uncovered and shine with the reflection of the moonlight.
– Don’t! Laugh! It wasn’t that I was specially conservative or anything like that – She starts moving slowly one way and the other… I couldn’t laugh even if I wanted to -. It was my mother’s fault. Apparently I was once bitten by a mosquito and suffered an almost incredible severe allergic reaction that kept me in the hospital for a couple of days. I still have the mark, you know? – She turns around and touches her left tight with two fingers -. Of course, you cannot see it right know, but it’s here. After I got better, my mother never let me forget how scared she was and that I should be extremely careful about it.
She turns again and starts to loose her bra. I finish taking my Kurta shirt off and start to work my way through the Jeans. She stands quiet for a while, and I get the sensation that she is looking for something out in the city.
– What she didn’t told me was that when the mosquito bite me I was a week old. Talk about forgetting details. – My jeans are off, now the both of us are only in our underwear-. Anyway, when I was 14 I was bitten by a spider. And nothing happened. I started to question my death sentence. I went out the next day to see the sunset in a hill near our house with my a short sleeved salwaar. Nothing happened. I was bitten for several mosquitoes and nothing happened. I felt that itchiness and found it so refreshing, so liberating – she starts to scratch her body softly with the tip of her fingers -. I realized that I loved to be with my body uncovered, and spent that whole night sleeping naked on the grass.
She takes off her bra and I take off my socks. She turns around, look at me, blow me a kiss and take off her panties. I’m shaking more than before.
– Are you cold? – She asks.
– No… I’m just…
She throws the panties at my face and interrupts my mumbling.
– I know you’re not… No one is cold in this city a spring night.
I took off my underwear.
– That’s much better – she says and smile-. Can you see me?
– Barely, it’s too dark.
– No it’s not, I can see you… – She giggles again -. It’s because the moon is on my back. I can see your whole body, while you only see a shadow of me.
– I see your Bindi… It shines on your forehead.
– Too bad you cannot see my Mehendi. I made it myself, you know? – She stretches her arm to the moon and takes it back down doing some gently mudras -. I carefully designed it for this night… I carefully designed it for you.
She starts to sing a slow paced lullaby and dances to the tune of her own voice. She is getting closer and closer to me. She grabs my hands and invites me to dance with her. We spin around, and with each turn I can see her body better. The smell of her hairs reaches to my face: a mixture of dragonfruit and sandalwood. She starts to go slow, her hands starts to climb up my arm until they reach my shoulders and we stop spinning.
For a moment nothing happens.
I hug her, she hugs me back and kisses my neck with her tongue. I hug her stronger. She get her mouth closer to my ear and whispers to me.
– Don’t forget me when you wake up.
– We are awake. – I reply and caress her back.
– When you wake up, there won’t be a “we”. So you have to remember me, in order that we can be dreamed again.
– What do you mean? We can stay like this forever if we want to.
– You’re my best friend, you know? – She kisses my ear and claws her nails on my back. I let a small moan go out -. I cannot really wait until I see you again, so you better hurry and…–
I wake up in my bed, completely dress and sweating cold.
MDII Verbum – María
María sueña que un día él llegaría a buscarla. Abraza su chiquito osito de peluche y mira por la ventana la lluvia caer. Siempre llueve en Vancouver. Le carga. No recuerda mucho de su hogar, pero está segura de que no llovía tanto como en Vancouver. En ningún lugar podía llover tanto como en Vancouver.
María sueña que un día él llegaría a buscarla. Abraza su chiquito osito de peluche y mira por la ventana a las ardillas correr entre los árboles. No importaba el día ni la hora, siempre había ardillas. Eso le gustaba. Pero no le gustaba que su mamá le dijera que no eran nada más que unas lauchas un poco más peludas. María no era tonta, y conocía lo que era una laucha. Las había visto correr debajo de su casa, allá en su hogar, allá lejos, donde no llueve tanto como en Vancouver.
María sueña que un día él llegaría a buscarla y se la llevaría a ella y a su chiquito osito de peluche a una ciudad donde no llueve nunca y hay muchas ardillas, ninguna laucha, y ella estaría contenta. No como acá, que le carga porque llueve todo el día y a su mamá no le gustan las ardillas.
A María no le gusta su mamá, por eso lo espera a él. No sabe cómo es, nunca lo ha visto, pero está segura de que cuando llegue a buscarla lo va a reconocer. ¡Cómo no, si se lo ha imaginado tantas veces! A veces lo imagina como un caballero con bigote, vestido de traje y todo eso. A veces se lo imagina como un vaquero, como el señor Wayne que a su abuelo le gusta tanto. “A mí que se parece a Frank Sinatra, porque mi mami lo escucha”, se dice. Cuando su mami escucha a Sinatra son las únicas veces que María le dice mami. “Me gusta cuando mi mami canta esa canción de volar en la luna, por eso estoy segura de que él se parece a Sinatra… Tal vez cuando él llegue a buscarme va a venir cantando esa canción, y entonces a mi mami le gustarán las ardillas y entonces a mi me gustará siempre ella, y entonces podrá venir conmigo y el osito”, se decía María mientras miraba por la ventana, “Pero si mientras estamos en donde no llueve deja de ser mi mami y se hace mi mamá… ¡Se va, él la echa!”.
María se pregunta por qué su mamá no es su mami siempre… ¿Por qué es esas dos personas? Antes le daba rabia, pero con el paso del tiempo, cuando se dio cuenta que se fueron siempre de su casa y hogar allá lejos, ella se hizo de la idea de que él llegaría a buscarla y se acabaría la lluvia, y se acabaría su mamá y todo eso que ahora le carga y le da rabia.
María está demasiado ocupada soñando y mirando por la ventana como para escuchar el arrastrar de los pies que produce una pequeña anciana al subir por la escalera de la casa en dirección a la pieza de su nietecita.
- María, mi niña, ¿Qué está haciendo?
María da un brinco de susto, y su chiquito peluche sale disparado por la ventana hacia la lluvia de Vancouver, asustando a las ardillas que ahora le lanzan una mirada nerviosa y enojada a María. Pero María no se da cuenta de eso, porque les da la espalda mientras mira a su Mamina, la que se ríe de la sorpresa de su nieta, al tiempo que suelta un “Ohhhh” al ver al peluche salir disparado por la ventana del segundo piso.
- Pero mi niña, eso le pasa por andar paveando. No ve que está lloviendo afuera, Osito Chiquito se va a ensuciar y vamos a tener que lavarlo de nuevo. A tu mamá no le va a gustar nada eso, cabrita…
María le lanza a su Mamina la misma mirada que las ardillas recién le lanzaron a ella. Sabe que su mamá se va a enojar y que la van a retar y que todo es culpa de su Mamina y no de ella, pero claro, ¿Cómo su mamá va retar a su Mamina? Es como si María castigara a su mamá, idea que cuando se la imagina, le hace soltar una risotada.
- Ya, esa cara me gusta más que la primera si me dejas elegir, cabrita. La comida está servida, por si no escuchaste cuando te llamé. ¿Le parece a la princesita si bajamos a comer antes de que se enfríe? Tu abuelo ya está sentado y te está esperando para empezar… Y ponte tus botas de agua, que tienes que ir a buscar a Osito Chiquito antes de que se resfríe.
- Bueno – Es lo único que María dice.
María camina al closet a buscar las botas, y escucha a Mamina bajar por la escalera. Claro, ahora para más remate va a tener que salir a mojarse. ¡Y con lo que le carga la lluvia! Claro, todo por culpa de su Mamina y de su mamá (como no, si estaba pensando en ella cuando la abuela la asustó). Pero todo iba a cambiar cuando él–
Ding Dong…
“¡El timbre!”, grita María excitada, “¡Es él!”, agrega mientras corre con una bota puesta y la otra en la mano. En la carrera María casi bota a su Mamina al abrirse paso por la escalera, saltando escalones y tratando de llegar lo antes posible a la puerta.
Su corazón latía a mil por hora, no podía creer que él se haya demorado tanto en venir, si ella lo esperaba todos los días, y él lo sabía. Ahora podría preguntarle cara a cara qué lo retrasó. Quizás un vaquero, quizás un show en un casino, quizás un viaje misterioso del que sólo podrían conversar una vez que estuvieran allá lejos.
María llega a la puerta, sonriendo muy emocionada. Trata de alcanzar la perilla a saltos, acá en Vancouver siempre llueve y María nunca alcanza las perillas de las puertas. La gente es más alta, dice su Mamina, que lleva más años que nadie en Vancouver. “¡Puchas!” Se dice María mientras salta “¿Siempre tiene que haber algo que moleste, no? Por una vez podría…” Se interrumpe, porque corre la perilla y la puerta se abre.
- Hi Sweety, is your mommy home? - Dicen desde el otro lado de la puerta.
Mn… María nunca pensó que él hablaría inglés. Tal vez este no era más que un impostor. Uno de esos que vienen a hacerse los lindos y luego salir corriendos. María lo mira con atención… “No, no se parece en nada a Sinatra” se dice María: “el pelo es muy corto y rubio, y esa barbita… ¡El jamás la usaría! ¿Y dónde está el terno blanco? Con ese traje azul más parece pintor que cantante…”.
- Hello…? – Pregunta el impostor.
- ¡No hablo inglés! – Grita María enojada.
- ¡María! ¡Esa no es forma de tratar a la gente! – Agrega una voz a espaldas de María, una voz que ella conoce muy bien. Es la voz de su mamá, no la de su mami. – I’m sorry about this… She is just getting adjusted to a new city. How can I help you?
- Oh, don’t worry, it’s OK – Agrega el impostor – She seems like a sweet girl. I’m here to set up your cable connection.
- Great, then you wish to speak with my father, please, come in.
María no puede estar más enojada. Su mamá la tiene sujetada del hombro, así que tampoco puede correr a esconder y nada así. Más encima, no entiende nada de lo que hablan. Siempre pasa cuando llega un extraño, un impostor a la casa. Hablan de cosas que no entiende en un idioma que no entiende. En Vancouver la gente es alta, le cargan las ardillas, llueve todo el día y María no entiende nada. Le carga Vancouver.
- Thanks… Oh, one more thing… - Dice el impostor, mirando a María – On my way here I saw this fly off your window, I imagine is yours… Right?
De su espalda saca al Osito Chiquito, todo mojado pero sano y salvo. Se agacha para entregárselo a María, quien lo recibe, al tiempo que el extraño le guiña un ojo y le dedica una sonrisa. Su mamá le murmura thank you al extraño y lo hace pasar, mientras cierra la puerta.
María abraza a su chiquito osito de peluche, mira por la ventana junto a la puerta cómo las ardillas corren. Se da vuelta y ve a su mamá acompañando al extraño dentro de la casa… La escucha tararear una canción.
Tu, tu, tu… the moon…
- ¡Es él! – Grita María, lanzando por los aires a su Osito.
Lo recoge y va al comedor a donde su abuelo conversa con él y a ella la espera un plato de lentejas.
Astros: Urano Cuadratura Urano
Riqueza Individual
Válido por muchos meses
La primera vez que tiene lugar esta influencia significa que usted ya no es un adolescente y debe tomar su posición como adulto. Señala la rebelión contra las normas establecidas. Esta es la razón por la cuál tanta gente joven atraviesa un período en el que rechaza todo lo que le han enseñado. Usted necesita experimentar su individualidad afirmándose ante alguien más. No hay nada de malo en esto y los desafíos constantes de la juventud ayudan a la sociedad a mantenerse con vida. También le ayudan a usted porque necesita ser usted mismo y encontrar su propia manera de hacer las cosas sin que las costumbres del pasado le obstaculicen porque quizá ya no son adecuadas.
Aún si no atraviesa una fase especialmente rebelde, este será igual un tiempo de cambio intenso y rápido. Usted sale al mundo y persigue sus propias metas sin la comodidad y la seguridad de estar haciendo lo que sus mayores le dicen. Obedecer puede no ser siempre placentero pero le permite evitar responsabilidades que debe asumir ahora.
Período de actividad desde comienzos de Mayo 2009 hasta mediados de Enero 2011
Reflexión: Sobre las Calumnias, La Caca y Las Relaciones
Disclamer: Existe una alta prescencia de lenguaje soez en el presente mensaje. Si usted es sensible, o nació en un bote en medio del mar, le recomiendo que se lo salte. Muchas gracias por la comprensión.
Hoy pensaba en la micro en la peor cosa que han inventado sobre mí… Han sido varias; no me caracterizo por ser una persona especialmente conflictiva (según yo), pero tampoco le rehúyo a hacer daño. O tal vez sí, lo rehúyo, pero igual lo hago… Creo que hay que hacerlo: las crisis hacen crecer, las crisis son la mejor forma de evitarse una vida de tortura, las crisis significan renunciar. Me he integrado de sobremanera aquella frase de Demian “El que quiera nacer debe destruir un mundo”.
La cosa es que no todo el mundo (afortunadamente, diría yo) cree en esto: hay gente que prefiere seguir atrapada a la vida que tienen [conmigo] a pesar de que sea una porquería. Y es que si comes mierda todos los días, hasta a la mierda te acostumbras y le empiezas encontrar buen sabor.
Cuando te alejas, aunque estés haciendo algo “por el bien de todos”, la persona sufre. Claro, no en mesuradas dosis semanales (tolerables hasta que llega la septicemia o la hepatitis A) sino de una patada, como ir detrás de un gran camión de mierda y que se le abra la puerta trasera sin que tú hayas hecho nada (mentira, sí lo hiciste, sólo que no te diste cuenta, pero para el caso, da igual). Eso – a algunas personas – les duele más.
Y ahí hay dos opciones: la mierda causa un coma y la persona no reacciona, o la mierda se potencia (mierda x mierda = mierda²). En la primera opción, la persona sufre un coma, con terribles espasmos dolorosos, muere y renace en una persona nueva. En la segunda opción, la persona llega al punto de ebullición, donde explota en mierda, tirando heces en todas direcciones (especialmente hacia ti), para luego renacer como una persona nueva (aunque tantas fueron las deposiciones eyectadas que – inevitablemente – le llegarán también).
En este punto de inflexión es donde entra otro de mis principios guías, ya no sacado de Demian o de algún otro [gran] libro, sino de mi experiencia: la persona termina elige el cuándo, la persona con la cual terminan elige el cómo. Es parte de la vida: el ciclo sin fin, diría el rey león; la tercera ley de Newton, diría el físico; la ruta de la caca, diría Juan Carlos Bodoque; etc.
Si lo vemos desde este punto de vista, es perfectamente normal que haya llovido, llueva y siga lloviendo caca sobre mi cabeza, y no está de más aceptarlo y comprenderlo así.
Personalmente, me ha tocado vivir con personas que entran en ambas categorías, las implosivas y las explosivas, cada una con sus peculiaridades de corrosividad, podredumbre, etc. Entre las explosivas, se encuentran aquellas que dan orígenes a las grandes mentiras que se han dicho sobre mí.
Sin embargo, vamos, hay que ser un poco comprensivos, y ver la complejidad de las mentiras y calumnias: son construidas socialmente, a través de un ciclo de agregar, sacar, acomodar y readecuar cosas, semejante al teléfono: ese juego de niños en el que el de la derecha le dice al oído al de la izquierda lo que el de la izquierda le dijo al oído al de la derecha, en una secuencia de cadena. Cada nodo agrega alguna cosa, elimina otra, y distorsiona varias. Asumo que eso es lo que ha pasado en mi caso.
En fin, espero que no haya tenido dificultad, señorita, caballero, de soportar semejante coprolalia.
Música de Fondo: Puturrú Du Fua
El viejo, su mujer y el ladrón
Erase un mercader muy rico y muy viejo que tenía una mujer joven y hermosa, a la que amaba mucho.
Pero la mujer era egoista y mala; sólo se había casado con él por su dinero, y esto dábaselo a entender con su despego a todas horas: tal era el aborrecimiento que por el pobre viejo sentía.
Una noche, cuando estaban cenando, oyeron un ladrón en la casa, y la mujer asustada, corrió hacia su marido y le echó los brazos al cuello, apretándose contra él. Y él dijo en su corazón:
-¿Cómo me da Dios tanta ventura?
Y cuando vino el ladrón le dijo:
-Toma lo que puedas llevar y vete con mi bendición, pues a tí te debo que mi mujer me abrace.
El Artista [Incompleto]
Antonio tomó su lápiz tinta favorito y una hoja de papel roneo. Los apoyó sobre el escritorio y trazó la primera línea, esa que siempre sale chueca, vacilante, nerviosa. Miró a su modelo, aquella guapa mujer europea que hace 15 minutos se había desnudado para él. “No en el contexto que hubiera deseado”, pensó, con un poco de risa y excitación. Contempló los muslos firmes, la cintura prieta, el satín que caía sobre sus pechos y la sonrisa que, estoica, se dibujaba como la de una estatua.
Antonio está cumpliendo uno de sus sueños. Su trabajo como contador auditor no era, de lunes a viernes, 8 horas diarias, no le había permitido darse los escándalos de un artista bohemio. Hasta ahora.
Miró nuevamente a la rumana. Aquella mujer que había encontrado mientras navegaba en la oficina. Aquella mujer con la que estableció una conversación de 5 minutos, “estrictamente profesional”, le dijo ella. No se sentía especialmente cautivado por la sensualidad o sexualidad (“no puedo decidirme cuál es”, se dijo) que de su cuerpo brotaba, se sentía como si estuviera frente a cualquier mujer guapa: María, su vecina; Soledad, su compañera de trabajo; Carmen, su prima (“ok, tengo problemas”, se dijo). No, no había nada en ella que lo cautivara más que otras mujeres. Ni siquiera el hecho de tenerla casi desnuda en un motel.
Antonio se siente como un profesional. “Y quién lo diría, el mundo entero se ha equivocado otra vez”. Vuelve a trazar otra línea en el plano, esta vez firme, segura, sólida. “La de un profesional”, se repite una y otra vez. Una curva por aquí, un mechón de pelo por allá. “Un poquito más cerca de la luz, por favor, Lilya… Perfecto”. “No te muevas, por favor, Lilya… Perfecto”. “Ya casi terminamos, Lilya… Perfecto”. El hombrecito encorvado tiraba líneas sobre una y otra hoja de papel roneo, haciendo bocetos cada vez más complejos, cada vez más perfectos, hasta que obtiene lo que está buscando: el equilibrio de las formas.
Marcos Da Tuy [I]

Marcos da Tuy se arrodilla a la puerta de la catedral y se persigna. Entra con paso firme, moja la yema de sus dedos con agua bendita y la pasa por sus párpados, uno a la vez. El silencio del templo de Dios es perturbado por el rechinar de su cota de mallas y las placas de su armadura. Con la mano presiona el pomo de su espada larga y evita ésta toque las sacras baldosas. Se acerca muy despacio al altar, donde divisa la silueta de un sacerdote arrodillado, dándole la espalda al visitante.
Marcos da Tuy mira sus manos, ensangrentadas. Se siente mareado, no comprende qué pasa. Mira su pecho, donde su heráldica familiar descansa pintada, y ve una herida abierta, sangrando. Mira a su alrededor, las paredes de la catedral arden en llamas. El sacerdote corre hacia él, desesperado, huyendo, tropezando a cada paso. Marcos no sabe qué hacer, su herida sigue sangrando, el sacerdote se sigue acercando. El olor a pólvora, los gritos de mujeres y niños, la resina de la madera quemándose, el sacerdote que lo abraza desesperado, protegiéndose en su pecho. Marcos da Tuy le toma la cara, lo mira al rostro y dos cuentas vacías le devuelven la mirada: le han sacado los ojos al sacerdote. Las mejillas le corren con sangre, la boca, deformada, trata de pronunciar algo que Marcos no es capaz de entender.
Se despierta. Está lejos del templo de Dios. Mira su pecho, todo descubierto, salvo por un vendaje que cruza desde el hombro hasta la parte baja de sus costillas. Trata de comprender. Busca su espada, las piezas de su armadura. Mira a su alrededor. La luz de la luna iluminaba levemente varias de tiendas de combate. Empieza a recordar.
El campo de batalla, la colina que daba origen al fuerte musulmán. La batalla, quinientos seguidores de Mahoma contra dos centenas de protectores de la cruz. La herida, una daga penetrante en su estómago. La conclusión, el silencio absoluto y el sueño de la catedral.
Trató levantarse. Estaba cansado. Estaba mareado. Trata de gritar, pero no más que un murmullo sale de su boca. Parece estar a punto de caer, pero es sujetado por el brazo firme de un soldado cristiano.
- Señor – dice el desconocido con voz sólida – permítame socorrerlo.
- No me digas así – interrumpe Marcos da Tuy – sólo hay un Señor y está en los cielos: nosotros combatimos por él.
Se calla, no porque no tenga más que decir, sino porque no puede hablar más.
- Disculpe – dice el soldado – ¿Puedo hacer algo por usted?
- Agua…
Marcos da Tuy se tira nuevamente en las colchas donde descansaba y trata de mantener la conciencia. Al rato llega el soldado con una pinta de agua. Bebe profusamente, siente el frío entrar en su cuerpo y tras unos segundos siente que recupera la voz.
- ¿Cuál es tu nombre? – dice con la voz cortada Marcos a el hombre que lo socorrió.
- Enrique da Faz, mi se—Corta esta última palabra en el aire.
- Enrique… gracias. ¿Dónde están los capitanes?
- Se han reunido para evaluar la situación… Dicen que se discute si es prudente volver al reino de Galicia o seguir con la expedición.
El rostro de Marcos da Tuy pareció nublarse a los ojos de Enrique da Faz.
- Busca mi espada, pues la necesito para apoyarme y luego acompáñame a la tienda de consejo. Este León no volverá a tierra de Galos.
DXLIX Verbum – Todas las noches bajaba a la playa
Todas las noches bajaba a la playa. Miraba el mar, se mojaba la cara con la espuma y saboreaba la sal de sus labios. Escuchaba el ir y venir de las olas, disfrutando de las noches de invierno y sus terribles ventoleras, de ese bramido ensordecedor que se tragaba a todo el mundo. Por todo el tiempo que él quisiera, no había nada más que el mar. No existía el pueblo, no existían los barcos, no existían sus amigos, no existía él mismo. Todo era engullido en un gigantesco coro de olas. Eran sus noches favoritas.
En las noches de calma jugaba con la fría arena, escarbando agujeros hasta encontrar agua, escribiendo en ella interminables poemas o construyendo pequeñas ciudades. Le gustaban estas noches, todo fluía en él, de aquí para allá, como un carrusel gigante, como un parque de diversiones para él solo.
En las noches de helada le gustaba correr hasta quedar sin aliento. Sentir sus pulmones reventar, su mandíbula doler, ciento cuatro puñaladas en la espalda (un día las contó) y su nariz congelar. En estas noches huía, se escondía a plena vista, detrás de montañas de niebla.
En las noches silenciosas le gustaba prestar oído a lo que iba a ser, pero todavía no era. Se sentía solo, estaba solo. No era que el mundo hubiera desapareciera, ni que se estuviera escondiendo de él, sino que se había perdido, olvidado. Era como despertar en una cama extraña, con ropa extraña, en una ciudad extraña, con anuncios extraños y sin nadie para explicarle y decirle “tranquilo, estás bien”. A veces la sirena de un barco sonaba, o un perro ladraba, o un pez saltaba, y le tiraban un salvavidas, una cuerda, le prestaban una mano que decía “¡aquí estoy! ¡Ven!”, pero desaparecía rápidamente, y estaba perdido otra vez. En estas noches se sentía solo.
En las noches calurosas se desnudaba y bañaba en el mar. Era las únicas veces que lo hacía. Era un excelente nadador, o al menos eso él pensaba. Al menos en uno o dos sueños le había ganado una carrera a una sirena o a un tritón. Si era capaz de hacer eso, aunque sea en sueños, no podía ser menos que un excelente nadador. Pero el mar era grande, era gigante, era monstruoso, y él era pequeño. Y se asustaba fácilmente. Usualmente sólo se atrevía a mojarse los pies, pero en estas noches las olas lo saludaban y guiñaban sus millares de ojos burbujeantes. Le gritaban “ven, disfruta, hoy te quiero conmigo”. Y él hacía caso, se dejaba envolver por la espuma, se dejaba acariciar por las olas, se dejaba peinar por la marea. En estas noches se sentía amado.
Había pasado un mes desde que llegara al pueblo. Nadie sabía su nombre. Nadie lo había preguntado. Pero todas las noches una pequeña igual a él lo miraba desde su ventana. Cuando el mar gritaba ensordecedoramente, ella aprovechaba y lo hacía también, llamándolo por todos los nombres que conocía, sabiendo que no lo escucharía. Cuando él escribía en la arena, ella leía y re-escribía sus poesías. Cuando él corría huyendo de sus demonios, ella se quedaba detrás, luchando contra ellos, cuidándolo. Y cuando él se bañaba desnudo, ella no hacía más que mirarlo desde su ventana, enamorada.
Eran sus noches favoritas.








