Yo no lo escribí

Pucha, lo siento, no quería que leyeras esto…

Archivo para junio 2009

Reflexión: Sobre las Calumnias, La Caca y Las Relaciones

con un comentario

***** x ***** = *****²

***** x ***** = *****²

Disclamer: Existe una alta prescencia de lenguaje soez en el presente mensaje. Si usted es sensible, o nació en un bote en medio del mar, le recomiendo que se lo salte. Muchas gracias por la comprensión.

Hoy pensaba en la micro en la peor cosa que han inventado sobre mí… Han sido varias; no me caracterizo por ser una persona especialmente conflictiva (según yo), pero tampoco le rehúyo a hacer daño. O tal vez sí, lo rehúyo, pero igual lo hago… Creo que hay que hacerlo: las crisis hacen crecer, las crisis son la mejor forma de evitarse una vida de tortura, las crisis significan renunciar. Me he integrado de sobremanera aquella frase de Demian “El que quiera nacer debe destruir un mundo”.

La cosa es que no todo el mundo (afortunadamente, diría yo) cree en esto: hay gente que prefiere seguir atrapada a la vida que tienen [conmigo] a pesar de que sea una porquería. Y es que si comes mierda todos los días, hasta a la mierda te acostumbras y le empiezas encontrar buen sabor.

Cuando te alejas, aunque estés haciendo algo “por el bien de todos”, la persona sufre. Claro, no en mesuradas dosis semanales (tolerables hasta que llega la septicemia o la hepatitis A) sino de una patada, como ir detrás de un gran camión de mierda y que se le abra la puerta trasera sin que tú hayas hecho nada (mentira, sí lo hiciste, sólo que no te diste cuenta, pero para el caso, da igual). Eso – a algunas personas – les duele más.

Y ahí hay dos opciones: la mierda causa un coma y la persona no reacciona, o la mierda se potencia (mierda x mierda = mierda²). En la primera opción, la persona sufre un coma, con terribles espasmos dolorosos, muere y renace en una persona nueva. En la segunda opción, la persona llega al punto de ebullición, donde explota en mierda, tirando heces en todas direcciones (especialmente hacia ti), para luego renacer como una persona nueva (aunque tantas fueron las deposiciones eyectadas que – inevitablemente – le llegarán también).

En este punto de inflexión es donde entra otro de mis principios guías, ya no sacado de Demian o de algún otro [gran] libro, sino de mi experiencia: la persona termina elige el cuándo, la persona con la cual terminan elige el cómo. Es parte de la vida: el ciclo sin fin, diría el rey león; la tercera ley de Newton, diría el físico; la ruta de la caca, diría Juan Carlos Bodoque; etc.

Si lo vemos desde este punto de vista, es perfectamente normal que haya llovido, llueva y siga lloviendo caca sobre mi cabeza, y no está de más aceptarlo y comprenderlo así.

Personalmente, me ha tocado vivir con personas que entran en ambas categorías, las implosivas y las explosivas, cada una con sus peculiaridades de corrosividad, podredumbre, etc. Entre las explosivas, se encuentran aquellas que dan orígenes a las grandes mentiras que se han dicho sobre mí.

Sin embargo, vamos, hay que ser un poco comprensivos, y ver la complejidad de las mentiras y calumnias: son construidas socialmente, a través de un ciclo de agregar, sacar, acomodar y readecuar cosas, semejante al teléfono: ese juego de niños en el que el de la derecha le dice al oído al de la izquierda lo que el de la izquierda le dijo al oído al de la derecha, en una secuencia de cadena. Cada nodo agrega alguna cosa, elimina otra, y distorsiona varias. Asumo que eso es lo que ha pasado en mi caso.

En fin, espero que no haya tenido dificultad, señorita, caballero, de soportar semejante coprolalia.

Música de Fondo: Puturrú Du Fua

Escrito por Pedro Poblete

25.junio.2009 a 00:41

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El viejo, su mujer y el ladrón

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Fábula extraída de Calila e Dimna, traducida a órden de Alfonso X, el Sabio.

Fábula extraída de Calila e Dimna, traducida a orden de Alfonso X, el Sabio.

Erase un mercader muy rico y muy viejo que tenía una mujer joven y hermosa, a la que amaba mucho.

Pero la mujer era egoista y mala; sólo se había casado con él por su dinero, y esto dábaselo a entender con su despego a todas horas: tal era el aborrecimiento que por el pobre viejo sentía.

Una noche, cuando estaban cenando, oyeron un ladrón en la casa, y la mujer asustada, corrió hacia su marido y le echó los brazos al cuello, apretándose contra él. Y él dijo en su corazón:

-¿Cómo me da Dios tanta ventura?

Y cuando vino el ladrón le dijo:

-Toma lo que puedas llevar y vete con mi bendición, pues a tí te debo que mi mujer me abrace.

Escrito por Pedro Poblete

21.junio.2009 a 23:54

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El Artista [Incompleto]

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Hola

“La de un profesional”.

Antonio tomó su lápiz tinta favorito y una hoja de papel roneo. Los apoyó sobre el escritorio y trazó la primera línea, esa que siempre sale chueca, vacilante, nerviosa. Miró a su modelo, aquella guapa mujer europea que hace 15 minutos se había desnudado para él. “No en el contexto que hubiera deseado”, pensó, con un poco de risa y excitación. Contempló los muslos firmes, la cintura prieta, el satín que caía sobre sus pechos y la sonrisa que, estoica, se dibujaba como la de una estatua.

Antonio está cumpliendo uno de sus sueños. Su trabajo como contador auditor no era, de lunes a viernes, 8 horas diarias, no le había permitido darse los escándalos de un artista bohemio. Hasta ahora.

Miró nuevamente a la rumana. Aquella mujer que había encontrado mientras navegaba en la oficina. Aquella mujer con la que estableció una conversación de 5 minutos, “estrictamente profesional”, le dijo ella. No se sentía especialmente cautivado por la sensualidad o sexualidad (“no puedo decidirme cuál es”, se dijo) que de su cuerpo brotaba, se sentía como si estuviera frente a cualquier mujer guapa: María, su vecina; Soledad, su compañera de trabajo; Carmen, su prima (“ok, tengo problemas”, se dijo). No, no había nada en ella que lo cautivara más que otras mujeres. Ni siquiera el hecho de tenerla casi desnuda en un motel.

Antonio se siente como un profesional. “Y quién lo diría, el mundo entero se ha equivocado otra vez”. Vuelve a trazar otra línea en el plano, esta vez firme, segura, sólida. “La de un profesional”, se repite una y otra vez. Una curva por aquí, un mechón de pelo por allá. “Un poquito más cerca de la luz, por favor, Lilya… Perfecto”. “No te muevas, por favor, Lilya… Perfecto”. “Ya casi terminamos, Lilya… Perfecto”. El hombrecito encorvado tiraba líneas sobre una y otra hoja de papel roneo, haciendo bocetos cada vez más complejos, cada vez más perfectos, hasta que obtiene lo que está buscando: el equilibrio de las formas.

Escrito por Pedro Poblete

16.junio.2009 a 02:10

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