Yo no lo escribí

Pucha, lo siento, no quería que leyeras esto…

Alicia recuerda a Javier

con un comentario

“no tengo idea... Ese disco se ha ido de nuestras vidas, para siempre”.

“no tengo idea... Ese disco se ha ido de nuestras vidas, para siempre”.

Cuando Javier golpeó la puerta de mi casa, eran cerca de las tres de la mañana. Yo dormía. Sola. Por suerte. No me habría gustado que nadie lo viera en ese estado. Si te dijera que estaba borracho, no estaría dándote la imagen mental adecuada. Estaba completamente destrozado. Olía alcohol, sus jeans tenían restos de vómito (luego me explicó que no era suyo, lo cual, honestamente, no fue muy tranquilizador) y su camisa manchas de lo que espero que haya sido vino, porque si no, era sangre.

Golpeaba la puerta como un animal, imagino que más de algún vecino estuvo a punto de llamar a la policía. Por suerte le abrí antes que lo hicieran. Lo quieren, saben que es un buen chico, pero no importa cuán bueno seas, puedes ser un hijo de puta como todos los seres humanos.

“Alicia” fue lo único que me dijo antes de que se le cortara la voz. Había estado llorando. Me di cuenta porque tenía esas pintillas rojas que le salen debajo de los ojos.

Lo tomé del brazo y lo hice pasar. No sabes la pena que me dio verlo así, te prometo, creo que nunca había querido abrazarlo tanto antes. Pero no lo hice. No soy su madre, ¿sabes?

¿Te molesta si fumo? Se supone que dejé el cigarrillo, pero uno nunca lo deja. Bueno, el asunto es que Javier fue a verme a nuestro viejo departamento en Barcelona. No te digo que no fue sorpresa, habían pasado ya seis meses de la última vez que hablase con él. Eso fue lo primero que le dije cuando logré que se sentara. “Pensé que no querías verme” respondió con una mueca de una sonrisa, y aguantando las lágrimas. “Pues es un poco así” le dije.

“¿Por qué  has venido?”, pregunté, “Porque necesito hablar contigo”, respondió. No te voy a aburrir con cada palabra, pero digamos que realmente necesitaba conversar. España puede ser un poco dura si estás sólo. Y Javier lo estaba. Era un momento duro, y estaba desquitándose conmigo. No me insultaba, no me gritaba, pero no estábamos conversando, era él hablando y yo escuchando.

Hasta que le dije “¿Sabes, Javier? Te quiero, pero ahora sé por qué todas te dejan”.

Me miró como una persona distinta, y por un minuto no dijo nada. Nadie dijo nada. No lloró. Creo que no le dolió, pero le abrió los ojos.

Y se calmó, y empezamos a conversar. Me explicó por qué se alejó de mí. Aunque ya lo sabía. No todo, pero durante seis meses tienes tiempo suficiente para darte cuenta de lo que pasaba. Me dijo lo arrepentido que estaba de cómo habían ocurrido las cosas, de que yo no me merecía ser tratada así. Me contó lo confundido que había estado, y de cómo habían sido el tiempo desde que se alejó de mí.

Y fue una conversación humana. Creo que fue la única vez en que vi a Javier tal y como es, sin esa herida que nunca cierra y que tiene nombre de mujer. Me mostró su libreta, aquella que escribía el día que nos conocimos. Y yo pude mostrarle la mía, la que comencé luego de descubrir el cuento que escribió sobre mí.

No todos los recuerdos de nuestros cuadernos eran buenos. La mayoría eran frases de cosas que nunca nos pudimos decir. “Eres como un vidrio roto: cada vez que te trato de levantar y arreglarte, termino herido”, me leyó. “Aunque pretendo que todo está bien y que soy feliz contigo, no estoy bien. Estoy cansada de estar triste. ¿En serio es tan difícil enamorarse de mí?” le respondí. Hablamos toda la noche. Leímos los viejos cuentos. Y sí, nos abrazamos. Pero nada más.

Me preguntó si estaba viendo a alguien. “Sí”.

Me preguntó si estaba aquí conmigo. “No, fue a ver a su familia a Irlanda”.

“¿Irlandés?” Dijo y rió. “¿Cuál es su nombre?” Jon, le respondí.

Hablamos de Jon, y de cómo las cosas habían cambiado. De que no quería a volver como antes, que no cambiaría nada de lo pasado, pero de que sí le hubiera gustado que todo hubiera sido distinto. Lo entendí completamente.

Lo hice dormir en el sillón. Cuando desperté ya no estaba. Me dejó una hoja de su libreta con un “te amo” escrito. No era romántico, estoy segura, sólo era amor.

Aunque, no sé si por casualidad o simplemente para joder, se llevó el CD favorito de Jon. Ahora, cada vez que me pregunta dónde está su recopilatorio de Dubliners, sonrío y le digo “no tengo idea… Ese disco se ha ido de nuestras vidas, para siempre”

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Escrito por Pedro Poblete

3.agosto.2010 a 01:28

Escrito en Textos

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Una respuesta

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  1. Mmmm… este es un exponente de mi gran aprendizaje de las clases de castellano; “la intertextualidad”… Me agrada… como García Márquez.

    Mira esto:
    http://www.ufrocuentos.cl

    ¿por qué no?

    Un besito ;)

    Warina

    26.agosto.2010 a 16:07


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