Yo no lo escribí

Pucha, lo siento, no quería que leyeras esto…

DCCCLVI Verbum – Sal

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Sal, ándate a la puta.

Sal, ándate a la puta.

El café estaba casi vacío, igual que la ciudad. Era casi una tradición, una práctica respetada como ley; todos tienen que salir, todos tienen que disfrutar a sus familias, todos tienen que pensar en cualquier cosa, menos en estar acá.

Las luces estaban apagadas, el atardecer de verano era suficiente para la pareja cuarentona que compartían un trago preparado en una esquina, ella con una polera dos tallas menor, él con la camisa rosada abierta hasta el plexo solar. No era el primer trago que compartían en la tarde, y no parece fueran a parar pronto. “Bien por la mesera”, pensaba Salvador, mientras encendía un cigarro y aspiraba el humo con calma, deteniendo su historia. Al frente de él, su amigo del alma, lo miraba extrañado.

- Pero a ver, Sal, parte del principio. – Dijo confundido.

- Como escuchaste, me voy por ella.

- ¿Tú? ¿Dejar todo por una mina?

- No seas pendejo, Roberto, sabes que no es dejarlo todo. Allá voy a tener las mismas posibilidades que acá, profesionalmente hablando. Claro, dejo a la familia, pero vamos, que la familia me dejó hace tiempo – inhala del cigarro -. Cuando el viejo dejó a la vieja, tú lo sabes, nos conocemos desde que veíamos los Power Rangers.

- Y porque te conozco sé que todas esas huevas te importan poco. Tú te vas por una mina, esa fue la primera razón que me diste.

-  Sí, entendiste. No sé para qué preguntas y te haces el huevón.

- Porque no me has dicho nada de ella, lo único que sé es que la conociste hace un par de meses…

- Un mes.

- Dios santo, un mes… Bueno, un mes, y que es de allá, Finlandia.

- Noruega.

- Lo que sea, Sal, sabes que no he salido de este país de mierda.

- Así es amigo, me sorprende que no te hayas vuelto un huaso de mierda – dice, levantando el schop de cerveza.

- Bueno, ¿Qué tiene ella que te hace volver?

- Además del par de tetas, ¿dices?

- Y me tratas a mí de pendejo. Déjate de sacártelas y cuenta.

Salvador inhala largamente en el cigarro. Mira al local. Solitario, como le gustan. Cruza mirada con la mesera. “Es guapa, de eso no hay dudas”, piensa “pero la otra chica también lo es, y un poco más”. Le sonríe, bota el humo y toma un sorbo de cerveza.

- A ver… En pocas palabras, no es una mina, es la mina. ¿Entiendes?

- No, no entiendo, pensé que a penas las conocías. Que la habías visto un par de veces en carretes, que apenas habías hablado con ella antes de lo que pasó.

- Di las cosas con su nombre, huevón. Desde que culiamos.

- Sal, ándate a la puta. Sabes que no me gusta hablar así.

- Lo sé, y sólo conmigo lanzas puteadas.

- Tú también me conoces… pendejo de mierda – dice, riendo. Salvador también ríe y mira a su amigo. Hace años que no lo ve, y todo sigue como siempre. “Un poco más canuto, lamentablemente, pero sigue siendo un buen cabro”. Piensa en todo lo que han pasado juntos, y de que sí, se entienden sin palabras, pero que siempre ha sido política de la amistad que cuando van a ese bar, se cuentan las cosas con lujo de detalle.

- Bueno, sí, la conozco poco, por no decir nada, pero hay cosas que sólo se sienten bien, ¿Cachai? No estoy hablando de un tema de placer o siquiera de bienestar. No, es de pertenencia, de que es algo que debería ser. No es fácil de explicarlo, porque no es algo que sepa con certeza, sino algo que se siente. Cuando me abrazaba, allí, en su pieza, lo único que podía pensar es “this feels right”, “this is the right thing”; “esto se siente apropiado”, “esto es lo que debe ser”.

- Vaya, realmente te tocó.

- Un poco, sí. ¿Y sabes? Probablemente ella ni siquiera lo sabe. Ni siquiera lo sospecha. Probablemente para ella fue otra de esas noches, nada más. Pero me he aferrado a la idea de que no es así, de que si yo lo sentí, ella también. Y de que si me encuentro con ella de nuevo, voy a poder hacer que se sienta apropiado, de que sea lo que debe ser.

-  Me das risa, amigo. Cuando hablas en serio, no puteas.

- Me das pena, amigo. Sólo cuando te molestas puteas.

- Bueno, ¿Y? Cuál es tú plan.

- Ni idea. Volver a Europa, creo. Y ver qué pasa.

- A tus viajes, entonces, Sal. Que la persecución de tu amor perdido te lleve a buenos mares.

- Eres un pendejo. Pero tienes razón. ¿Sabes? Puede que sea una pura huevada, puede que me lo esté imaginando nada más. Pero si es real, voy a ser capaz de decir “crucé océanos para estar con ella”, y eso es importante para mí. Las veces que más he querido ha sido cuando más he dejado. He llegado a creer que es al revés: que cuando más he dejado, más he querido.

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Escrito por Pedro Poblete

2.noviembre.2010 a 22:57

Escrito en Textos

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