Archivo para febrero 2012
CDXCV Verbum – Sally Brown
Paul la abrazó.
Había sudado tanto como él. Tenían el cuerpo brillante, el aire en la vieja habitación lo asfixiaba, pero nunca se había sentido más cerca del paraíso, ni siquiera aquella vez que vio La Española luego de tres meses de navegación. La luz era tenue, no quedaba más que una de las 7 velas que encendieron al comienzo de la noche. El cuerpo de ella, canela, le recordaba a la cubierta humedecida de la Manzana Dorada, la última embarcación en la que había trabajado.
Paul la besó.
Tenía el gusto salado del mar. Parecía una sirena, una princesa del mar, desnuda, tan sólo cubierta con una vieja sábana verde. Tenían la respiración agitada, podía sentir sus corazones latiéndo al unísino, mil veces por segundo. A lo lejos escuchaba el ruido de los vendedores que comenzaban a caminar por las calles de la ciudad. Y cerca, muy cerca de su oído, ella tarareaba una vieja canción pirata.
Sally Brown she’s a nice young lady,
Way, hay, we roll an’ go.
We roll all night
And we roll all day
Spend my money on Sally Brown.
- ¿Anoche soñé contigo, sabes? Le dijo cuando ella había terminado.
- ¿De nuevo? -Sonrió- Me gustan tus sueños. ¿Quién era ahora? -se dió vuelta para devolverle el abrazo- ¿Una princesa? ¿Una bailarina? ¿tu hermana perdida?
La miró a los ojos, negros, muy negros. No le podían recordar nada, no había nada que se les pareciera. La besó en los labios, ella seguía sonriendo, no le devolvió el beso.
- Eras la persona que amaba, pero estabas prometido a otro. -No pudo seguir sonriéndo-. Tú también me amabas, o eso me dijiste antes de partir a la casa de su familia.
Se dio media vuelta y buscó su caja de tabaco. La abrió con cuidado, sacó un poco, menos de lo acostumbrado, y lo puso en su boca. Era fuerte, le llegaba a la cabeza en segundos, como ella.
- Estabamos en India -continuó-. No eras una princesa, pero parecías una, igual que ahora -sonrió-. Tenías telas de seda, joyas en tus tobillos, frente, muñecas. Una visión, igual que ahora -sonrió de nuevo-.
- ¿Y tú? ¿Quién eras tú?
- No lo sé, no había muchos espejos -Se rió-. Era tu amigo, algún compañero. No lo sé…
- Nunca me cuentas de ti.
Pensó por un segundo.
- No hay mucho que contar… Bueno, sí, hay una cosa que se quedó conmigo: pensar en que si no serías mía en esa vida, pero sí en otras. Que tenía que hacer todo lo posible para vivir de la misma manera que tú. Ser tan bueno como tú, ser tan malo como tú, cometer tus mismos errores, de tal manera que la rueda de lo que ellos llaman Karma me una a ti.
Paul se calló y no volvió a hablar hasta que hubo dejado el prostíbulo y llegado a la Manzana Dorada, donde pidió otra temporada en el mar para poder pagarse otra noche en los brazos de ella.
